En cada paso de mi vida, en cada problema, en cada etapa o decisión, difícil o fácil, siempre había un antes y un después.

En el antes, había agobio, duda, a veces miedo, falta de visión y de solución que se convertían en tristeza, ansiedad e impotencia.

En el después, había alivio, respuesta, decisión, certeza, casi siempre valentía y claridad de solución que se convertían, cuando menos, en una sonrisa de liberación y poder.

El antes y el después

Si, la vida estaba llena de idas y venidas. Cuando todo parecía ir bien, dejaba de ir tan bien. Cuando ya había un equilibrio, este se rompía para pedir-me otro. Y si no se rompía el mío, algo en el entorno salpicaba. Pero cuando todo iba supuestamente bien, seguía faltando algo.
Qué difícil era vivir tranquila y reconciliada con la realidad. Una sensación constante de tener un enemigo cerca todo el tiempo. Algo con lo que lidiar. Algo por lo que luchar. Algo que defender. Algo que proteger. Algo que conseguir. Y, al llegar a la siguiente etapa, siempre había una nueva.
Vivía notando la presión por llegar a ser y conseguir algo pero con la sensación de que me faltaba todo para lograrlo. Da igual cuantas metas alcanzara. Una sensación constante de llegar tarde a todos mis objetivos y una impotencia enorme por querer saltarme pantallas que no quería vivir pero que no podía evitar.

Viví en el antes, durante mucho tiempo. 

Pero un día, me di cuenta que existía un después

El problema era que, el después, se desvanecía muy rápido. Y volvía a vivir en el antes, por mucho tiempo.

El antes parecía ser mi naturaleza, mi destino, la vida misma y, el después, parecía solo fruto de la casualidad. Un premio fugaz por un esfuerzo tremendo. No era mío. Sucedía. Y así como el después llegaba por la tarde para darme un respiro, la noche se acercaba para arrebatármelo y devolverme por la mañana, de nuevo, a mi antes.

Pero un día se produjo algo que sería, de verdad, el principio del resto de mi vida.

Me fijé en la transición.

Me di cuenta que entre el antes y el después, no solo habían circunstancias, hechos, objetivos, obligaciones y deberes. 

Entre el antes y el después, estaba yo. 

Yo, participaba. 

Yo, era parte del proceso. 

Yo era el medio por el cual, todo sucedía. 

En la experiencia de mi vida, yo era la única testigo constante. 

Así que todo lo que hice fue mover ligeramente la mirada que siempre apuntaba hacia delante o hacia atrás para observar justo el punto medio, donde el cambio se hacia visible y tangible: en mi misma.

¿Quién puede dominar siempre todas las circunstancias? ¿Quién puede controlar siempre todos los atropellos? ¿Quién puede garantizar siempre un resultado o un plazo?

¿Quién decide buscar? ¿Para qué? ¿Quién decide buscar qué?

LA CLAVE

La clave fue, darme cuenta que “mi lectura” de la realidad me trasladaba directamente al calabozo o al mismo cielo.
Además, las decisiones que yo podía tomar desde un calabozo o desde el cielo, desde luego, no eran las mismas.
Qué gran descubrimiento. Yo, podía hacer algo. Podía participar en la vida. En mi vida.
Claro: la lectura que hago de lo que vivo, me lleva a responder con agonía o alivio. Claro: la agonía o alivio son una reacción a lo que veo e interpreto. Claro: la agonía o el alivio dependen de mi conclusión sobre cómo veo lo que ocurre.
Pero, al menos, ¿mi lectura y mis conclusiones son verdad? >Pero, ¿es lo que interpreto y veo tal y como lo veo? ¿Existen otras posibles interpretaciones? Pues, no estoy segura. Y si el motivo que creo que causa mi agonía es verdad y real, ¿puedo no responder con agonía y afrontarlo de todos modos? Y si el motivo que creo que causa mi agonía no es verdadero, ¿puedo sentir alivio? ¿De qué depende? ¿Puedo decidir sobre eso?

El mismo hecho de parar y mirar todo esto, hizo que toda la prisa se parara. 

En ese momento que miras, miras. 

No vas hacia ningún sitio. 

Estás quieto

Por lo tanto, parar todo el proceso mental de deducción, expectativa, juicio, conclusión o condena, es posible. 

Si es posible una vez, es posible más veces. ¿Pero, es posible siempre?

Si, me trasladé al después tras una “transición” que lo hizo posible. No sucedió. Participé. Hubo unos pasos claros.

Así es, que me di cuenta que quizás el después no era ni un regalo casual, ni tampoco un premio, tampoco algo que solo sucedía sino que era un lugar al que se podía acceder a voluntad y con un recorrido muy claro. Entendí que el después, también podía ser mío. Y claro, me pregunté si me podía deshacer del antes.

1991

Recuerdo como si fuera ahora mismo el día en el que desperté de mi sueño por primera vez. Como ya describo en el libro, siendo adolescente, un día me escuché a mí misma interiormente criticar a unas chicas. Me di cuenta tras una larga reflexión que mi agresividad nacía fruto de mi envidia. Eso dio lugar a una vida de pura auto-observación que me llevó a muchas conclusiones que hicieron posible con el tiempo encontrar la llave de trascendencia de mi propio sufrimiento.

2008

Lorem fistrum por la gloria de mi madre esse jarl aliqua llevame al sircoo. De la pradera ullamco qué dise usteer está la cosa muy malar.

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